Reflexiones de un revolucionario autocrítico
¿Por qué perdimos?
Por: Mathías Irigoyen
De todas las lecturas posibles que le podemos dar a esta derrota, sería
estéril caer en la tentación de las más complacientes: “Perdimos porque
el pueblo todavía no tiene suficiente madurez política”; “porque nos
faltó más propaganda”; “porque no hicimos suficientes marchas” o porque
“faltaron más franelas”. Estas frases reflejan la caricatura de una
actitud: la incapacidad de sacar alguna lección útil de la derrota. Son
el residuo despechado de un triunfalismo que subestimó al pueblo y
todavía lo mira por debajo del hombro. Implican una arrogancia política
imperdonable y, en última instancia, la incapacidad de aceptar la
voluntad popular.
El mayor desafío de la revolución en esta hora amarga es realizar, a
través de la reflexión autocrítica, la lectura más honesta posible de
su primera derrota, haciendo el mayor esfuerzo por comprender los
errores que jamás deberían volver a repetirse. Presidente Chávez, el
desenlace electoral no es mérito de la oposición. Obedece, sobre todo,
a que muchos de tus fieles seguidores no fueron a votar por no votar en
tu contra, pero muchos otros, por múltiples razones, votaron por el NO.
Estas son diez razones que ayudan a explicar por qué muchos venezolanos
–aun queriéndote- votamos contra ti:
1. El líder no es infalible. Vale la pena recordar que ningún
humano lo es y que el presidente Chávez es humano. Sin embargo, en los
últimos meses algunos chavistas prefirieron renunciar a su intuición y
su conciencia, antes de asumir con valentía la temida pregunta: ¿Se
estará equivocando el Presidente? Otros revolucionarios seguramente sí
lo pensaron pero no se atrevieron a manifestarlo por temor a la
sospecha de traición o al desempleo. Son temores legítimos. Y si alguno
se atrevió a manifestarlo es posible que ya no esté en su cargo. Se
tiene mayor responsabilidad cuanto más cercano se está del Presidente.
Cuídate de la arrogancia tanto como de la adulancia de quienes te dicen
sí a todo, sin opinión, sin reflexión, sin dudar nunca. Tal vez algún
día volvamos a tener ministros y autoridades honestas y valientes que
mirándote a los ojos, y aun arriesgando el puesto, en vez de decirte
“ordene comandante” sean capaces de decirte: “Se está equivocando
Presidente”.
2. No se debe subestimar al pueblo. Los líderes, no deben alejarse
de los sentimientos y la identidad de su propio pueblo. Cuando esto
sucede, el líder puede llegar a sentirse esclarecido conductor de un
rebaño de mansos borregos que seguirán sin chistar el rumbo trazado
para ellos. Esa fue la actitud más notoria de esta campaña electoral.
Quien esté pensando todavía que el pueblo fue el equivocado y Chávez el
que tenía la razón, se está cayendo de una nube y no ha terminado de
llegar al suelo. Tendrá que tomarse el tiempo para asimilar lo sucedido
y elaborar su duelo. Después, tal vez logre comprender que más allá del
nivel educativo, cultural o social, el pueblo intuye, sabe y siente lo
que hace. Conviene tener esto muy presente antes de emitir juicios
sobre la supuesta “inconciencia” del pueblo que votó NO. Conviene
recordar que Simón Bolívar conocía del alcance de la sabiduría popular.
Conviene recordar, con Alí Primera, que al pueblo venezolano nadie lo
arrea porque ya no es manso sino montaraz. Esto lo supo Chávez alguna
vez, pero lo olvidó. Y si todavía alguien lo duda, habrá que recordarle
que el 13 de abril de 2002 el pueblo demostró que sabe cuándo y cómo
tiene que actuar.
3. El triunfalismo es mal consejero. Cuando se está tan seguro de
la victoria, cuando no se considera siquiera como posibilidad la
derrota, cuando no se escuchan las voces de alerta o advertencia,
entonces se repite la antiquísima fábula de la tortuga y la liebre.
4. No se debe comprometer la soberanía en aras de ninguna
ideología. El pueblo tiene conciencia de su soberanía, de su identidad
y autoestima nacional. Que vinieran médicos cubanos a llevar atención y
salud donde nunca el Estado tuvo presencia y donde muchos médicos
venezolanos no estaban dispuestos a llegar, fue un gran acierto; pero
invadir todas las misiones, ministerios y hasta la propia Fuerza
Armada, de “asesores” cubanos profesándoles una admiración reverencial
porque ellos “sí saben hacer y sostener revoluciones”, rayó en la
ridiculez y la vulgaridad. Por una parte se criticaba duramente la
injerencia imperial de los EE.UU, por la otra les entregamos hoteles,
despachos, celulares, vehículos, “estipendios”, millardos y una buena
dosis de dignidad a hermanos cubanos que venían a manifestar su
solidaridad y terminaron dictándonos lecciones de “hombres nuevos”. Eso
Presidente, aunque ninguno de sus allegados se atreviera a decírselo,
le cayó muy mal a este pueblo.
5. El socialismo no se puede imponer a martillazos. No sólo el
socialismo, ninguna ideología –mucho menos si se pretende humanista- se
puede inculcar tratando de forzar la voluntad y la libertad individual.
Incluso si verdaderamente se tratara de la “panacea” capaz de resolver
todos los problemas de una sociedad (que no lo ha sido en ningún lugar,
por cierto) no puede imponerse a punta de propagada ni obligando la
gente a marchar y repetir consignas fundamentalistas como “Patria,
socialismo o muerte”. Las marchas y concentraciones “obligatorias” para
los funcionarios públicos, como las de los últimos meses, pudieron
servir para aparentar fuerza, pero le aseguro que restaron muchos
votos. El gobierno tiene que entenderlo de una buena vez: no existen
atajos para la conciencia. Si el gobierno realmente cree en los
llamados valores socialistas de solidaridad, igualdad, justicia y amor,
que sus más altos funcionarios lo demuestren como lo hizo el Che: con
su ejemplo personal, con su honestidad, con su desprendimiento.
Mientras siga impune el festín de la corrupción y tus ministros no sean
ejemplo vivo de esos valores, el socialismo del siglo XXI seguirá
siendo una consigna vacía.
6. El exceso de propaganda genera rechazo a lo que se propaga. Si
te vistes de rojo, uniformas a tus seguidores de rojo, pintas las
instituciones de rojo, imprimes afiches, vallas, volantes y hasta la
constitución de rojo y terminas sintiéndote orgulloso de que una marea
rojo rojita te aupe, lograrás hartar por exceso. Eso fue lo que te
pasó. Por otra parte, si utilizas los recursos públicos, sin pudor ni
disimulo para financiar tu campaña electoral, con el consecuente
ventajismo que eso genera, tarde o temprano termina saliéndote el tiro
por la culata. Uniformarse de un sólo color envía a tus potenciales
seguidores y al mundo un mensaje peligroso: allí no puede sobrevivir la
diversidad ni la pluralidad.
7. Los poderes públicos deben mantener su independencia. Esto es
un principio republicano universal consagrado en nuestra Constitución y
las leyes. Pero más allá de eso, es conveniente respetarlo para que
ningún poder, por revolucionario que sea, se imponga sobre los otros.
Si haces una revolución es muy deseable que los demás poderes te
acompañen y te apoyen para avanzar en la misma dirección. Lo malo es
que se subordinen, miren a otro lado y hasta terminen defendiendo tus
errores. Si como poder Ejecutivo haces una propuesta para el país, no
es ético involucrar en su elaboración al Fiscal General, a la
Presidenta del TSJ y a la propia Asamblea Nacional, por una sencilla
razón: No se debe ser juez y parte al mismo tiempo. Ojalá no esté lejos
el día en que la Asamblea Nacional, la Defensoría del Pueblo, la
Fiscalía General de la República, la Contraloría, el Tribunal Supremo
de Justicia y el Consejo Nacional Electoral hagan su trabajo sin tener
que preguntarse antes: “¿Qué piensa Chávez sobre esto?”.
8. La intolerancia y la agresividad descapitaliza políticamente.
El discurso polarizante puede dar muy buenos frutos en coyunturas en
las que urge tomar partido por dos opciones. Esto lo sabe y utiliza
Bush tanto como lo sabe y utiliza Chávez. Su premisa más básica se
resume en el chantaje: “O estas conmigo o estás contra mí”. Aunque
puede funcionar en tiempos de guerra, no sirve para nada como modus
vivendi de un país harto de la violencia cotidiana que lo que más
quiere es vivir en paz.
9. El chantaje y la manipulación no convencen al pueblo. Se puede
manipular a un niño. Se puede manipular a un pueblo que te ama con lo
más puro de sus sentimientos y ha sido capaz de arriesgar su propia
vida por ti. Pero tú pueblo ya no es un niño porque tú mismo lo
ayudaste a madurar y crecer políticamente. Nunca más lo puedes tratar
de chantajear como lo hace Bush, ni decirles que tus propuestas son lo
mismo que tú, ni amenazarlo con que si no las aprueban te vas, ni
abusar de su amor evocando atentados ficticios o reales para que se
asusten ante la sola idea de no tenerte. Eso ya no te va a funcionar
más.
10. La mentira no paga. Tuviste que mentir para vender una idea
que desde el principio demostró no ser convincente. Dijiste que estabas
invocando al Poder Constituyente pero tuviste temor a convocar una
Asamblea Constituyente. Quisiste modificar el espíritu de la Carta
Magna, pero no te atreviste a proponer la modificación del Preámbulo ni
de los Principios Fundamentales. Quisiste hacer una nueva Constitución,
pero dijiste que se trataba apenas de una reforma que no alteraba más
del 10% de su articulado. Dijiste que la propuesta era integral e
indivisible por temor a que se votara artículo por artículo. Dijiste
que se abriría un gran debate nacional y tan sólo hubo monólogo.
Probablemente tus asesores te recomendaron todas o muchas de estas
“estrategias políticas” que se parecen demasiado a la deshonestidad y a
la mentira. Ojalá, querido Presidente, que desde este momento los
escuches menos a ellos y escuches más a tu pueblo.
FUENTE
http://aporrea.org/actualidad/a46319.html
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