El profesor chino-canadiense predijo con precisión el retorno de Trump y la confrontación con Irán. Sin embargo, su análisis del “suicidio del imperio americano” deja fuera un factor histórico decisivo: la sucesión gestionada de hegemonía, tal como ocurrió entre Gran Bretaña y Estados Unidos.
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El profesor Jiang Xueqin, conocido en internet como “el Nostradamus chino” por sus predicciones de 2024 que ya se están cumpliendo (retorno de Trump, escalada contra Irán y la perspectiva de una derrota estadounidense), ha entregado uno de los análisis más lúcidos de la geopolítica actual utilizando patrones históricos y teoría de juegos.
Jiang ve correctamente la convergencia perversa de incentivos: Irán gana narrativa de resistencia y unidad interna, Israel avanza hacia su visión de Gran Israel, y Trump obtiene una victoria política a mitad de mandato sin (por ahora) el costo político de una invasión terrestre masiva. Todo ello sin necesidad de que marines americanos pisen suelo iraní. La asimetría estratégica parece perfecta.
Sin embargo, hay un ángulo que Jiang no profundiza y que resulta clave para entender hacia dónde se dirige realmente el sistema internacional: el paralelo histórico del traslado de hegemonía entre Gran Bretaña y Estados Unidos.
Después de la Segunda Guerra Mundial, el Reino Unido perdió formalmente el trono de la hegemonía global. El Imperio en el que “nunca se ponía el sol” se vio obligado a ceder el liderazgo económico, militar y monetario a su antigua colonia. El dólar reemplazó a la libra, las bases estadounidenses proliferaron donde antes flameaba la Union Jack, y Washington se convirtió en el nuevo sheriff del mundo.
Pero aquí viene lo fundamental que suele pasarse por alto: Inglaterra no se desintegró.
No colapsó como imperio romano, ni se fragmentó en estados fallidos. Mantuvo intacta su élite, su inteligencia (el MI6 sigue siendo jugador de primer nivel), su red de influencia (Commonwealth, Five Eyes) y, sobre todo, un poder de veto efectivo sobre su “hijo” yanqui. La “Special Relationship” no es mera cortesía diplomática: es el mecanismo por el cual el abuelo inglés conserva capacidad de moldear, corregir y, cuando es necesario, frenar al hijo americano.
La transición de hegemonía entre Londres y Washington no fue un colapso, sino una sucesión familiar gestionada. El imperio se transformó, se reubicó, pero la familia anglo-americana siguió mandando.
Aplicado al escenario actual de 2026, este patrón histórico sugiere que estamos ante algo similar, solo que con un nuevo “hijo” en la línea sucesoria: Israel.
El abuelo inglés y el papá yankee no parecen dispuestos a suicidarse como imperio colectivo. Por el contrario, todo indica que están guiando y protegiendo al hijo israelí para que ascienda por el mejor camino posible. Israel hereda de facto las bases estadounidenses en Arabia Saudita y el Consejo de Cooperación del Golfo (GCC), consolida su posición estratégica sin necesidad de ocupar él mismo el desierto saudí, y avanza hacia la realización práctica del mapa bíblico del Gran Israel (del Nilo al Éufrates) mientras Irán cumple el rol de “enemigo necesario” que mantiene la cohesión del frente.
Trump, en este esquema, no está destruyendo el imperio americano: está administrando una fase de reestructuración dolorosa pero controlada. Las sanciones, los strikes aéreos y la presión máxima logran objetivos sin el quagmire terrestre que Jiang temía. El Deep State sufre, pero la familia anglo-israelí gana profundidad estratégica.
En resumen, lo que le faltó enfatizar al profesor Jiang es que las hegemonías no mueren, se heredan.
El “suicidio” del unipolarismo estadounidense que él pronostica podría ser, en realidad, una transformación controlada hacia una nueva configuración de poder donde el núcleo anglo-americano-israelí conserva su supremacía global, aunque bajo una forma más híbrida, más discreta y posiblemente más despiadada.
La asimetría estratégica no termina en la derrota de Washington. Termina en la consolidación de una dinastía que aprendió la lección de 1945: cuando cambias de hegemon, lo haces dentro de la misma familia.
¿Estamos presenciando el acto final del imperio americano… o solamente el bautismo del siguiente heredero?
El tiempo, como siempre, dirá quién tenía razón. Pero la historia de la transición británica-americana sugiere que las élites que saben gestionar la sucesión rara vez lo pierden todo.









