domingo, 4 de marzo de 2012

EL MUNDO TIENE UN LIDER



"Ahora la atención de la comunidad mundial se centra en Irán. Sin duda alguna, Rusia está preocupada por la creciente amenaza de un ataque contra este país. Si pasa esto, las consecuencias serán catastróficas. Es imposible imaginar su escala real. Estoy convencido de que hay que resolver este problema pacíficamente. Proponemos reconocer el derecho de Irán a desarrollar un programa nuclear civil y también al enriquecimiento de uranio. Pero a cambio pedimos que el programa esté estrechamente controlado por el OIEA",

Pero vamos a basarnos en nuestros propios intereses y objetivos y no en las decisiones dictadas por terceros. Rusia es respetada y tomada en consideración solo cuando es fuerte y se mantiene firme sobre sus pies. Rusia casi siempre ha gozado del privilegio de desarrollar una política exterior independiente. Y así seguiremos. Más aún, estoy convencido de que la seguridad mundial podrá garantizarse solo con la ayuda de Rusia y no por medio de intentos de debilitar sus posiciones geopolíticas y perjudicar sus defensas.

Los objetivos de nuestra política exterior tienen un carácter estratégico, no coyuntural, y reflejan el lugar único de Rusia en el mapa político mundial, su papel en la historia y el desarrollo de la civilización.

Una sucesión de conflictos armados justificados por fines humanitarios está socavando el principio de soberanía estatal consagrado por siglos. De este modo, en las relaciones internacionales aparece un nuevo hueco, esta vez moral y legal.

A menudo se escucha que los derechos humanos están por encima de la soberanía estatal. Sin duda es así y los crímenes contra la humanidad tienen que ser castigados por la Corte Penal Internacional. Sin embargo, cuando en base a este dogma se viola la soberanía y los derechos humanos se defienden desde fuera y de una manera selectiva, y en el proceso de esa ‘defensa’ se pisotean los mismos derechos de un montón de gente, entre ellos, el derecho más básico y sagrado, el derecho a la vida, no se trata de una cuestión noble, sino de una demagogia elemental.

Hace un año el mundo se enfrentó a un fenómeno nuevo, una serie de manifestaciones casi simultáneas contra regímenes autoritarios en varios países árabes. Al principio, ‘la primavera árabe’ se percibía como una esperanza de introducción de cambios positivos. Las simpatías de los rusos estaban con los que trataban de lograr reformas democráticas.

No obstante, muy pronto quedó claro que en muchos países el proceso no se desarrollaba según un guión civilizado. En lugar de fomentar la democracia y defender los derechos de las minorías, se procedió a la expulsión del adversario y el dominio de una fuerza fue sustituido por un dominio todavía más agresivo por parte de otra.

La situación tomó un matiz más negativo cuando se produjo una intervención exterior para apoyar a un bando de uno de estos conflictos interiores, sobre todo por culpa del carácter violento de esta intervención. Tanto fue así que algunos estados, con el pretexto de unas supuestas motivaciones humanitarias, acabaron con el régimen libio con la ayuda de la aviación militar. La culminación del proceso se materializó en las asquerosas imágenes del linchamiento no ya medieval, sino más bien prehistórico, de Muammar Gaddafi.

Respecto a esto y considerando la dura reacción, al borde de la histeria, ante veto ruso-chino, quisiera advertir a nuestros colegas occidentales contra la tentación de usar un esquema ya probado anteriormente: si hay una aprobación del Consejo de Seguridad para una u otra acción, todo bien; si no la hay, creamos una coalición de los estados interesados. Y atacamos.

La lógica de este comportamiento es contraproducente y muy peligrosa. No llevará a nada bueno. En cualquier caso, no contribuye a resolver la situación dentro del país que padece el conflicto. Pero lo peor es que causa la pérdida del equilibrio en todo el sistema de seguridad internacional, socavando la autoridad y el papel central de la ONU. Voy a recordar que el derecho a veto no es un capricho, sino una parte integral del orden mundial fijada en el reglamento de la ONU, por cierto, por la insistencia de EE. UU. La idea de este derecho es que si hay por lo menos un miembro permanente del Consejo que se opone a la decisión, esta decisión no puede ser eficaz.

Y un aspecto más. Resulta que en los países que superaron ‘la primavera árabe’, como anteriormente en Irak, las empresas rusas pierden sus posiciones en los mercados locales en los que las habían conseguido tras décadas de intenso trabajo y también pierden contratos comerciales importantes. Y los nichos que se liberan los ocupan operadores económicos de los mismos estados que provocaron el cambio de régimen.

Se podría pensar que los acontecimientos trágicos en cierto grado no fueron provocados por la preocupación sobre los derechos humanos, sino por el deseo de algunos de repartir el mercado. De cualquier modo, nosotros no podemos mirar todo esto con serenidad divina. Vamos a trabajar activamente con los nuevos gobiernos de los países árabes para recuperar nuestras posiciones económicas pronto.

En general, lo sucedido en el mundo árabe es muy instructivo. Los sucesos muestran que el deseo de introducir la democracia por la fuerza puede llevar a un resultado totalmente contrario y a menudo eso es lo que pasa. Algunas fuerzas se levantan desde abajo, entre otras, los extremistas religiosos, que intentan cambiar el rumbo del desarrollo de los países, el carácter laico de su administración.

Cada vez se hace más referencias al concepto de ‘fuerza suave’, es decir, una serie de herramientas y métodos para conseguir objetivos exteriores sin hacer uso de las armas, pero gracias a diversas formas de influencia. Por desgracia, estos métodos se utilizan a menudo para generar y provocar extremismo, separatismo, nacionalismo, para la manipulación de la opinión pública o para la injerencia directa en la política nacional de países soberanos.

Debemos ver claramente la diferencia entre la libertad de expresión y la actividad política normal, por un lado, y los instrumentos ilegales de ‘fuerza suave’, por otro lado. No podemos hacer nada más que aplaudir el trabajo civilizado de las ONG humanitarias y benéficas. Incluidas las que critican a las autoridades. Pero es inadmisible la actividad de las pseudo-ONG y otras organizaciones que buscan desestabilizar la situación en algún país gracias al apoyo exterior.

Estoy hablando de esos casos en los que la actividad de las organizaciones no gubernamentales no se fundamente en los intereses (y recursos) de determinados grupos sociales, sino que es financiada y patrocinada por fuerzas exteriores. Actualmente existen muchos ‘agentes de influencia’ de grandes países, bloques o corporaciones. Cuando actúan de manera abierta es una de las formas de lobby civilizado. Rusia también cuenta con tales instituciones: Rossotrúdnichestvo, el fondo El Mundo Ruso, nuestras principales universidades que amplían la búsqueda de jóvenes talentosos en el extranjero.

Pero Rusia no utiliza las ONG nacionales de otros países, no financia a estas ONG y organizaciones políticas extranjeras para promover nuestros intereses. Tampoco lo hacen China, India o Brasil. Creemos que la influencia en la política interior y las tendencias sociales de otros países debe realizarse solo de manera transparente, entonces los actores serán responsables de sus acciones.

Mi idea principal es que una China próspera y estable le conviene a Rusia y, a su vez, China, seguro, necesita una Rusia fuerte y exitosa.

La India es otro gigante asiático que crece muy rápido. Rusia está relacionada con ella con nexos tradicionalmente amistosos cuyo contenido está determinado por la administración de ambos países como una cooperación estratégica privilegiada. Su fortalecimiento favorecerá no sólo a nuestros países, sino a todo un sistema policéntrico que se está formando en el mundo.

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