LA NUEVA EUROPA





Un momento después se oyó un espantoso chirrido como de una mostruosa máquina sin engrasar, ruido que procedía de la gran telepantalla situada al fondo de la habitación. Era un ruido que le hacía rechinar a uno los dientes y que ponía los pelos de punta. Había empezado el día del odio.
Como de costumbre, apareció en la pantalla el rostro de Emmanuel Goldstein, el Enemigo del Pueblo. Del público saltaron aquí y allá fuertes silbidos. La mujeruca del pelo arenoso dió un chillido mezcla de miedo y asco. Goldstein era el renegado que desde hacía mucho tiempo (nadie podía recordar cuanto) había sido una de las figuras principales del partido, casi con la misma importancia que el Gran Hermano y luego se había dedicado a actividades contrarrevolucionarias, había sido condenado a muerte y se había escapado misteriosamente, desapareciendo para siempre. Los programas de los Dos Minutos de Odio variaban cada día, pero en ninguno de ellos dejaba de ser Goldestein el protagonista.(…) Antes que el Odio hubiera durado treinta segundos, la mitad de los espectadores lanzaban incontenibles exclamaciones de rabia. La satisfecha y ovejuna faz del enemigo y el terrorífico poder del enemigo que desfilaba a sus espaldas era demasiado para que nadie pudiera resistirlo indiferente. Además, sólo con ver a Goldstein o pensar en él surgían el miedo y la ira automáticamente. Era él un objeto de odio más constante que Eurasia o que Asia Oriental.
(…) Lo horrible de los Dos Minutos de Odio no era el que cada uno tuviera que desempeñar allí un papel, sino al contrario, que era absolutamente imposible evitar la participación porque era uno arrastrado irremisiblemente. A los treinta segundos no hacía falta fingir. Un éxtasis de miedo y venganza, un deseo de matar, de torturar, de aplastar rostros con un martillo, parecían recorrer todos los presentes como una corriente eléctrica convirtiéndole a uno, incluso contra su voluntad, en un loco gesticulador y vociferante.
(…) En el mismo instante, produciendo con ello un hondo suspiro de alivio en todos, la amenazadora figura se fundía para que surgiera en su lugar el rostro del Gran Hermano, con su negra cabellera y sus grades bigotes negros, un rostro rebosante de poder y de misteriosa calma y tan grande que casi llenaba la pantalla. Nadie oía lo que el gran camarada estaba diciendo. Eran sólo unas cuantas palabras para animarlos, esas palabras que suelen decirse a las tropas en cualquier batalla, y que no es preciso entenderlas una por una, sino que infunden confianza por el simple hecho de ser pronunciadas. Entonces, desapareció a su vez la monumental cara del Gran Hermano y en su lugar aparecieron los tres slogans del Partido en grandes letras:
LA GUERRA ES LA PAZ
LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD
LA IGNORANCIA ES LA FUERZA






¿Qué país puede preservar sus libertades si sus gobernantes no son advertidos de tiempo en tiempo que su pueblo mantiene el espíritu de resistencia? Déjenle tomar las armas. Thomas Jefferson, 1787.
Los estados totalitarios pueden hacer grandes cosas, pero hay una cosa que no pueden hacer: no le pueden dar al obrero de fábrica un fusil y decirle que lo lleve a casa y lo tenga en su dormitorio. Ese fusil colgado en la pared de la clase trabajadora o la choza del labrador es el símbolo de la democracia. Es nuestro deber hacer que se mantenga allí.” George Orwell, 1941
Es criminal enseñarle a un hombre a no defenderse cuando está siendo víctima constante de ataques brutales. Es legal y legítimo poseer una escopeta o un fusil. Nosotros creemos en obedecer la ley. Malcolm X, Activista norteamericano de Derechos Civiles.
